miércoles, 5 de marzo de 2014

1. El viaje


Hoy desperté a las 3 de la mañana, el tráfico es cada vez peor y Chéster necesita despolvarse. Todo es tan silencioso a estas horas, hasta la casa, solo una luz, la del garaje y el auto-radio encendido en cualquier emisora solo para dar compañía. Suena “siempre te esperaré” – Enanitos Verdes. Chéster parece querer hacerme recordar aquella época en la que no estuve presente.

Fue un vuelo largo y un frío aterrizaje. Partí en febrero del 2012, en Lima era verano y mientras todos disfrutaban de las vacaciones con sus amigos y familia, yo me despedía de ellos por unos largos meses, que ahora se me hacen cortísimos, Chéster no me pudo acompañar esa vez.

Había viajado, varias veces, pero nunca solo. Tenía 19 años, una maleta de 20 kilos, un libro de 300 hojas e infinitas ilusiones. Una sola tristeza me embargaba, la despedida, el último momento en el que vez el rostro de tus seres queridos  en puerta de embarque y tu desapareces mientras con la mano haces gesto de “hasta pronto” con una sonrisa que más tarde se convertirá en pesar. En fin, chéster no vio eso así que retomemos…

El viaje fue genial, los asientos de primera, las aeromozas de primera, lástima que mi maleta era de segunda. Era todo un mochilero viajando en bussiness, había comprado voyageur (economy) pero fui compensado debido a un desperfecto. Y así después de casi 10 horas del mejor vuelo que tuve en mi vida llegamos a París, Charles de Gaulle. Finísimo todo, tenía estar una cuantas horas ahí, así que aproveche para relajarme un poco antes de tomar mi otro vuelo.

Tengo 3 horas -pensé, y de los más holgado de tiempo empecé a deambular por el CDG, era mi primer contacto con el viejo continente y era en París así que había que sacarle provecho a todo. Largas caminatas más adelante y sin ver rastro alguno de que se acabe el aeropuerto me comencé a preocupar, ¡era un laberinto y era inmenso! Bien Ricardo, te perdiste -pensé -bah no es la gran cosa igual y tengo… ¡1 hora para embarcar! Eso ya era trágico, cabe resaltar que solo estaba con mi equipaje de mano (una laptop) y la billetera.
Me metí por puertas que no tenían retorno y cada una conducía a una caseta de migraciones, habré pasado por 2 passport control hasta que llegué a la sala de embarque que me tocaba: la F y yo había llegado a la A.

En ese momento tenía media hora para buscar cambio, buscar un teléfono que no funcione con tarjeta e intentar llamar a casa. Los franceses son muy atentos con respecto a ayudar al turista, ahí aprendí a decir “Merci beacoup” hasta por las puras. A ver si en Lima encuentras a alguien que te cambie 50 euros en moneditas… cuando de pronto, al salir de la tienda de crepés… ¿Gastón Acurio? ¡Gastón! –dije. De una manera muy sofisticada y sobria claro está (en serio).
El hombre más popular de Perú pasaba a menos de un metro mío, sin guardias de seguridad ni nada,  era un turista, un francés más y él sí iba a comprar algo en esa tienda… Me dio un: “Hola!” y siguió… Bueno yo también. Subí, bajé y no encontraba un teléfono, unos chinos pensaban que quería su número de teléfono, si eso fue raro (chinos, o ponjas ¿Quién sabe?) hasta que en plena confusión una señora me indicó donde había un teléfono (“ahí bien caleta, en un sótano afuera de los baños” sí, así me dijo). Bien al fin lo encontré, la llamada casi me sale 5 euros si no es por otro francés que me cambió por moneditas (Merci beacoup mon ami). Y así, con el bolsillo que me pesaba medio kilo de moneditas, un pasaporte con 2 sellitos de ingreso a la UE un saludo de Gastón, amigos franceses y chinos confundidos, procedí a llamar a mi casa, 10 horas sin hablar español (castellano, para mis amigos del mediterráneo) y siendo las 2 de la tarde de Francia,  fue mi primera interacción con algo que luego se volvió mi pesadilla: “El Jetlag”.

Se oían contentos de que haya llegado bien, al menos mi tía y mi abuelita porque los demás habían salido a trabajar como era lógico.  Corté, satisfecho de no haberme olvidado mi idioma (sarcasmo) y procedí con mi cola para enrumbar a mi nuevo hogar: Barcelona.
Continuará.

Ricardo Avila

sábado, 18 de enero de 2014

De vuelta a las andanzas

Lluvia de Verano.


Me enrumbo en una aventura ya antes avisada, terrenos antes visitados que necesitan ser redescubiertos, es un nuevo día en el que siento ser libre nuevamente, libre del miedo, de las angustias. Simplemente hoy decidí recuperar lo que soy y lo que vengo haciendo.

Mis razones son pocas, las circunstancias son muchas, son tantas como atardeceres hay en el verano, ¡cuantas tardes en la playa!, en las que por una triste desilusión quedas solamente tú, la arena y un brillo de luz a la que contemplas sin razón aparente, quizás no sepas a quién más acudir y trates de llenar algún vacío con su infinita energía.
Son tantas las condiciones como estrellas que divulga la noche, esas que en algún momento, cansado, te detuviste a observar y dejaste que tu alma fluya a través de una de ellas, y ante tus ojos, en ese mágico momento, su luz se apago. O quizás tantos como caminos existen a casa, y eliges el más largo, solo para refugiar tus frías lágrimas debajo de una cálida lluvia de verano.
Entonces caminas. Por ese momento son solo tú y tu sombra entrando a casa, quedas solo, las luces inundan tu pesar y anulan tu compañía, las apagas y quizás desde un balcón contemplas las últimas gotas de un triste dolor cayendo desde el tejado. 

Una a una las gotas desaparecen y se crea el silencio, no quedas solo, contigo muchas más estrellas asoman la mirada,  pero no las ves.
Aunque a oscuras tu sombra esta ahí, junto a muchas otras a su alrededor haciéndote compañía, y tú no la sientes.
A tu lado el viento acaricia tus penas creando armonías de paz tratando de calmar tus ansias, tus tristezas, y tú no las oyes.

Dentro tuyo, en ese momento, solo habita el frío de tales caricias y un gran silencio. Entonces la razón no tiene mucho sentido, y recuerdas que hubo algo más fuerte que tú, que olvidaste por mucho tiempo, algo que llenaba tus momentos  y los volvía inolvidables, algo que no muchos puedan valorar pero tal vez sí criticar, ya nada importa.
En ese momento comienzas a escribir a la espera de una nueva lluvia que borre todas tus huellas, que refresque tus mañanas, que te haga sentir vivo y te enamore, limpie tus errores y que al final del día se confunda entre tu dolor para lentamente desaparecer con él. A fin de cuentas es verano y sabes que siempre al final de una tarde tormentosa, el sol, así como el amor, te acogerá y brillará, quizás no con toda su fuerza pero sí de la forma más sutil y hermosa que puedas imaginar.


Ricardo Avila


Pd. Chester volvió.